James Bond, en sus películas de 007, era célebre por tomar un Vodka Martini, rodeado de gente poderosa y mujeres cautivantes, a la espera de cazar al delincuente de turno para salvar el mundo. Su cóctel favorito iba mezclado, pero no agitado, lo que me recuerda los tiempos que vivimos: mezclados, esperemos que no agitados.
A las puertas del cuarto trimestre de 2023, y con un año nuevo por delante, la pregunta clave entre economistas y en la mayoría de bares de España es qué pasará en 2024 y de qué manera se trasladará a la economía real, al mercado laboral, a las hipotecas, a la cesta de la compra. Los sentimientos en el mercado son mixtos, como nunca: que si habrá un soft landing, un hard landing, si el mercado laboral aguantará y si los tipos de interés tendrán que bajar a corto plazo para reanimar la economía.
Vivimos una época de gran complejidad estructural, política y social. Es cada vez más difícil interpretar la realidad con los paradigmas a los que estábamos acostumbrados. Cambia la forma de vivir, de percibir los fenómenos que nos rodean, las necesidades, los ecosistemas políticos y económicos. Y más con una guerra abierta y gran inestabilidad política en países cercanos del continente africano.
Como decía Gregory Bateson, se trata de observar los múltiples planos contextuales que configuran nuestras vidas. Él hablaba de apertura de la percepción: "dos descripciones son mejores que una".
Por eso, analizar el contexto actual es el arte de saber unir diversos puntos de vista, factores, tendencias, culturas e intereses. Es analizar la inflación, la historia, la geopolítica, la demografía, la sociología, la estadística y la tecnología, sumándolos y cruzándolos con decenas de datos e indicadores económicos.
Lo que dice la historia
Si empezamos por la historia, las estadísticas son bastante claras: en el 75% de las épocas caracterizadas por tipos de interés en máximos ha habido recesión. Y si analizamos las épocas de tipos altos y alta inflación, la probabilidad de recesión se eleva hasta el 90%.
Más allá de las estadísticas, nos encontramos en un entorno macroeconómico sin precedentes que impulsa constantes cambios en la narrativa del mercado: desde la esperanza de evitar la recesión hasta el temor a que las buenas noticias macro puedan ser malas para los mercados en pocos meses. El mercado se mueve con los datos como si estuviéramos en un ciclo normal. Pero estamos en un nuevo régimen, donde las perturbaciones pandémicas dan paso a cambios estructurales que se producen ahora, como el envejecimiento de la población activa.
Nunca ha habido tantos vectores de cambio tan potentes como en los últimos años. Ya no hablamos de la pandemia, sino de las tensiones geopolíticas, los procesos de desglobalización (o friend-shoring), el auge de la sociedad tecnocrática, la revolución de la IA, la escasez y la inflación. Me concentraré en dos factores que afectarán mucho a la economía —inflación y estanflación— y en dos megatendencias que podrían ser catalizadores de crecimiento: la inteligencia artificial y la descarbonización.
Inflación: quizá no sea pasajera
La inflación, que apareció durante el COVID, es un factor conocido en economía. Los bancos centrales, que en la última década mantuvieron tipos negativos para apoyar las economías, han visto cómo la inflación se disparaba hasta niveles del 11% en la fase post-COVID. Y este fenómeno quizá no sea pasajero a corto y medio plazo.
Es simple: la inflación no es solo consecuencia del calentamiento de la economía y del efecto pospandémico. La inflación actual involucra muchos factores nuevos: escasez de materias primas, crisis energética, la entrada de nuevas clases medias, procesos de desglobalización, una sociedad cada vez más orientada al consumo y escasez de mano de obra como consecuencia del envejecimiento de la población.
El envejecimiento, el gran factor demográfico
El envejecimiento de la población es un factor tremendamente importante para entender el nuevo ciclo económico, y Europa es quizá el continente más afectado. Implica:
- Mayor gasto en sanidad.
- Mayor gasto en pensiones, en un sistema como el europeo (con Grecia, Italia, Portugal y España a la cabeza) difícilmente sostenible a medio plazo.
- Probable aumento de la edad de jubilación, frente a expectativas de vida cada vez mayores.
- Nacimiento de la economía Silver.
- Menor traslado de riqueza hacia las nuevas generaciones.
- Empobrecimiento de las nuevas generaciones, que asumirán deudas públicas nunca vistas.
- Falta de reposición laboral en muchos sectores, especializados y no.
- Presión al alza sobre los salarios.
Si a esto le sumamos que la nueva economía impulsada por la IA requerirá trabajos aún desconocidos y una gran automatización de tareas repetitivas, la situación da que pensar. El escenario laboral podría ser de escasez de trabajadores por un lado y desempleo por el otro, lo que daría paso a una enorme recalificación laboral.
Si resumimos estos factores en un contexto económico, hablaríamos de estanflación: aquel momento del mercado donde se encuentran inflación alta y escaso crecimiento. Todos estos escenarios se sumarán en la cuenta de resultados de países ya ultraendeudados y con crecimientos débiles. Será interesante ver cuánto tiempo los bancos centrales mantendrán tipos altos, conscientes de que el enfriamiento de la economía ya empieza a sentirse y de que las condiciones de financiación al alza afectan a ciudadanos, empresas y gobiernos.
Los catalizadores: IA y descarbonización
Este análisis se casa con los que pueden ser catalizadores de crecimiento importantes en 2024. En 2023, los mercados financieros, sobre todo el estadounidense, se han sustentado en el crecimiento de las acciones tecnológicas, especialmente en el ámbito de la IA. Conozco bien este sector y creo que el desarrollo a nivel mundial ya está muy por encima de cualquier expectativa.
Es una tecnología con un grado de disrupción tan elevado y de tan fácil adopción que ya ha empezado una cuenta atrás. Todas las empresas que no la aprovechen se verán sobrepasadas por la izquierda y por la derecha. Su uso afectará a la reposición de tareas administrativas y al crecimiento de los márgenes empresariales. En lo laboral, creo que habrá la mayor transformación nunca vista, espero que soportada por políticas de formación y recalificación. Ya no las llamaría tendencias, porque son realidad.
La descarbonización y la transición energética necesitarían un artículo aparte, pero las inversiones de cara al próximo decenio suponen cifras estructurales de billones, junto con la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías, ya no solo energéticas, sino también de componentes y gestión de la transición.
Hacia dónde vamos
Aun siendo difícil dibujar escenarios reales, creo que estos cuatro puntos serán clave para entender hacia dónde irá la economía. La estanflación, la inflación sostenida y el encarecimiento del endeudamiento a todos los niveles hacen pensar en menor crecimiento, más presión fiscal y menores márgenes empresariales. La fortaleza del mercado laboral y la escasez de mano de obra empujarán los salarios y quizá suavicen el aterrizaje hacia una estanflación más ligera.
Los catalizadores de la IA y el desarrollo tecnológico aportarán una disrupción nunca vista, de soporte en sectores clave como la medicina, la salud pública, los servicios y el consumo. Los procesos de descarbonización supondrán posibilidades enormes de transición hacia modelos más sostenibles. Somos seres que vivimos en un ecosistema natural, no hay que olvidarlo.
Finalizando, es importante recordar que los ciclos económicos existen, que las crisis son cíclicas, así como las fases expansivas. El 2024 no será el 2008: hay muchísimos factores diferenciadores, como la fortaleza del mercado laboral y del sistema bancario. No obstante, habrá una moderación del crecimiento y necesitaremos mecanismos de contención de la inflación, aun si tendremos que pasar por lo que se suele llamar "depresión de la economía". Auspiciamos un soft landing en lugar de un hard landing, y cambios estructurales importantes en geopolítica y demografía.